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PQC

La historia del barómetro. Iniciativa y creatividad

POSTED BY Garcerán Rojas 17 de March de 2026

Rescatamos una anécdota que, pese a sus décadas, sigue ofreciendo una lección plenamente vigente.

Aunque esta historia la suelo contar en los cursos que, de una u otra materia, he venido desarrollando durante todos estos años, lo que no había hecho nunca es escribirla, y ahí va.

La oí por primera vez en unas jornadas sobre las técnicas de análisis del valor que, hace ahora exactamente la friolera de 44 años, impartía una empresa americana y, dentro de las cuales, siempre se reservaba un espacio para aspectos muy determinados que debían contribuir al fomento de la iniciativa y la creatividad.

El relato en cuestión lo narraba el tutor de un curso de bachillerato y planteaba la disputa entre un profesor de física y uno de sus alumnos, al haber suspendido a éste el examen correspondiente a la materia de la presión atmosférica.

Al ser requerida la presencia del tutor como árbitro de la contienda, se encontró con que ante la pregunta sobre cómo hallar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro, el alumno, ni corto ni perezoso, se había descolgado (y nunca mejor dicho) con la siguiente respuesta:

A - “Diríjase a la azotea del edificio con el barómetro y una cuerda muy larga, anude el barómetro a la punta de la cuerda y hágalo descender por la fachada hasta que note que la cuerda deja de estar tensa. En ese momento haga una marca en la cuerda y mídala. Esa será, sin duda, la altura del edificio”

El profesor suspendió al alumno, ya que esta respuesta no certificaba que el individuo fuera competente en la materia, pero éste, lejos de aceptar su calificación, solicitó muy enfadado la intermediación del tutor.

A - “¿Acaso es incorrecta mi respuesta? ¿No he obtenido con precisión la altura del edificio?

El tutor insistió en el argumento de que la respuesta no se correspondía con el tema, pero el alumno también insistió en saber si lo que se deseaba era conocer la altura del edificio o darle gusto al profesor.

Cuenta el tutor en su descripción de los hechos que no le extrañó que, al proponer al profesor que le diese una nueva oportunidad al alumno, contestase que sí. Lo que más le extrañó fue que el alumno no pusiese pega alguna.

T - “¿Le parecen bien 5 minutos?”

A - “¡Sin problemas!”

Habían pasado ya 4 minutos y el chico no había escrito nada, por lo cual el tutor exclamó:

T- “¿Se da usted por vencido? Veo que no tiene respuesta”

A - “¿Yo por vencido? ¡Nunca!” “Repuestas hay muchas, sólo estoy eligiendo la mejor” añadió, tras lo cual escribió:

A - “Como soy muy precavido, ante el riesgo de que alguien sin auténtico criterio pueda no dar validez a mi primer método, me llevaré a la azotea del edificio un cronómetro escondido en mi bolsillo. Podré en marcha el cronómetro en el mismo instante en el que dejo caer el barómetro por la fachada del edificio y lo detengo en el mismo momento en el que oigo el ruido del aparato al hacerse añicos contra el suelo. Aplicando las fórmulas del movimiento uniformemente acelerado con la aceleración de la gravedad en la caída y del movimiento uniforme con la velocidad del sonido en el retorno hasta la azotea, podré despejar muy fácilmente la altura del edificio. Eso sí, es una pena que, por un capricho del profesor, hayamos tenido que destruir el barómetro”

T- “Miré al profesor y me hizo una seña como de “nos la ha clavado” tras lo cual propuse al alumno un 7 como nota”.

A - “Vale, pero más que nada por no seguir discutiendo. Hay veces que no merece la pena luchar contra el sistema”

Continúa relatando el tutor

T - “El caso es que esa noche le estaba contando el suceso a mi esposa durante la cena y recordé que el alumno me había dicho que tenía muchas respuestas y no pude más. Le llamé inmediatamente para ver si me podía indicar cuáles eran”

A - “Con sumo gusto, pero tome papel y lápiz porque son unas cuantas”

“La primera la puede realizar al bajar de la azotea. Es un poco más trabajosa, pero funciona. Resulta que, junto con la cuerda y el cronómetro, también he subido con un trozo de tiza. Entonces, al ir bajando por las escaleras (al subir resultaría más cansado) puedo ir marcando en la pared alturas de barómetro y numerarlas. El número de marcas multiplicado por la altura del barómetro es exactamente la altura del edificio

“Hay otra muy bonita, pero tiene que ser en día soleado. Allá hacia mediodía diríjase a las proximidades del edificio, mida la longitud de su sombra, haga lo propio con la del barómetro y aplique el teorema de Thales. La proporcionalidad existente entre las sombras será la misma que entre los propios objetos”

“Otra algo más compleja consiste en colgar el barómetro de la cuerda fabricando una especie de péndulo y, ya que tengo en mi poder un cronómetro, aprovechar la diferencia entre los periodos de oscilación en suelo y azotea para poder deducir la altura del edificio”

“Pero la que, sin duda, resulta más sencilla a la par que elegante, es ir a la vivienda del conserje y decirle: Señor conserje, si usted me dice la altura del edificio, yo le regalo un precioso barómetro”

Garcerán Rojas